Mientras acariciaba
los surcos de tu cara
creí que el tiempo
se detenía.
Que el mundo éramos
nosotros dos,
y nada más existia.
¡Que ignorancia la mía!
El mundo jamás se detuvo...
Hubo que bajarse en marcha.
Cambiar las caricias
por lagrimas.
Y el nosotros...
Por la nada.
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